Puedes llevar años trabajando, acumulando experiencia y consiguiendo resultados y, aun así, sentir que lo que haces no tiene tanto valor.
Ves a otras personas defender sus ideas con seguridad, negociar mejores condiciones o hablar abiertamente de sus logros mientras tú sigues pensando que todavía te falta algo para estar realmente preparado.
Trabajas más para compensarlo. Aprendes más. Intentas hacerlo cada vez mejor.
Pero llega un momento en el que el problema ya no parece estar en lo que sabes hacer.
Está en el valor que eres capaz de reconocer en aquello que haces.
Dejar de infravalorarte no consiste en convencerte de que eres mejor de lo que realmente eres. Consiste en dejar de evaluarte sistemáticamente por debajo de las evidencias que tienes delante.
¿Qué significa infravalorarse?
Infravalorarte significa atribuir a tus capacidades, experiencia, trabajo o cualidades un valor inferior al que razonablemente tienen.
No es exactamente lo mismo que ser humilde.
La humildad permite reconocer lo que sabes y también lo que todavía tienes que aprender.
La infravaloración funciona de otra manera: aquello que sabes parece poco importante y aquello que desconoces adquiere un peso enorme.
Cuando haces algo bien, piensas que era fácil.
Cuando otra persona hace exactamente lo mismo, reconoces su capacidad.
Cuando tú necesitas tiempo para resolver un problema, dudas de tu competencia. Cuando un profesional experimentado necesita ese mismo tiempo, entiendes que forma parte del proceso.
El criterio cambia dependiendo de quién esté siendo evaluado.
¿Por qué me infravaloro?
No existe una única causa.
La forma en la que te valoras puede haberse construido durante años mediante experiencias, comparaciones, críticas, expectativas y creencias sobre aquello que significa ser suficientemente bueno.
También puede ocurrir algo mucho más sencillo: te has acostumbrado tanto a tus propias capacidades que has dejado de percibirlas como algo valioso.
Lo que hoy haces automáticamente quizá necesitó años de aprendizaje.
Pero como ahora te resulta fácil, empiezas a pensar que también debería resultarle fácil a todo el mundo.
Y no necesariamente es así.
Lo que sabes hacer te parece menos valioso precisamente porque sabes hacerlo
Existe una trampa especialmente frecuente entre personas con experiencia.
Cuando dominas una habilidad, dejas de recordar con claridad lo difícil que era antes de aprenderla.
Resuelves en veinte minutos algo que hace años te habría llevado varias horas.
Y entonces piensas que cobrar por esos veinte minutos es excesivo.
Pero el valor no está únicamente en los minutos que tardas.
También está en todo lo que has necesitado aprender para poder resolverlo en ese tiempo.
La experiencia puede hacer que tu trabajo parezca más sencillo para ti sin hacerlo menos valioso para los demás.
Trabajar duro no garantiza que aprendas a valorarte
Puedes utilizar el esfuerzo para mejorar tus capacidades.
Pero trabajar más no modifica automáticamente la percepción que tienes de ti mismo.
De hecho, a veces ocurre lo contrario.
Te acostumbras a pensar que necesitas hacer más que los demás para merecer el mismo resultado.
Preparas más. Revisas más. Asumes tareas adicionales. Intentas demostrar constantemente que mereces estar donde estás.
Desde fuera puedes parecer extremadamente comprometido.
Por dentro quizá continúas intentando demostrarte que eres suficiente.
Señales de que puedes estar infravalorándote
Infravalorarte no siempre significa pensar explícitamente que no vales.
Muchas veces aparece en pequeñas decisiones que, repetidas durante años, pueden tener consecuencias importantes.
Minimizas tus logros
Consigues algo y rápidamente encuentras una explicación para quitarle mérito.
Tuviste suerte.
No era tan difícil.
Te ayudaron.
Cualquiera podría haberlo hecho.
Puede que alguno de esos factores haya influido. El problema aparece cuando nunca reconoces tu propia participación en los resultados positivos.
Te cuesta hablar de lo que haces bien
Cuando tienes que explicar tus capacidades, sientes que estás presumiendo.
Por eso suavizas tus resultados, evitas hablar de determinados logros o utilizas un lenguaje que reduce su importancia.
Sin darte cuenta, puedes estar comunicando a los demás exactamente la valoración que haces de ti mismo.
Necesitas saberlo todo antes de considerarte preparado
No importa cuánto aprendas.
Siempre encuentras un área que todavía no dominas y la utilizas como evidencia de que aún no estás listo.
El problema es que prácticamente ningún profesional competente sabe absolutamente todo sobre su área.
La experiencia no elimina lo que desconoces.
También te enseña a trabajar con ello.
Te comparas con personas mucho más avanzadas
En lugar de utilizar como referencia tu evolución, miras directamente a quienes llevan diez o veinte años recorriendo el mismo camino.
Después utilizas la distancia entre ambos como prueba de que todavía sabes poco.
La comparación deja de servir para aprender y empieza a utilizarse para invalidar tu progreso.
Te cuesta aceptar reconocimiento
Cuando alguien valora tu trabajo, respondes quitándole importancia.
Cuando alguien lo critica, en cambio, puedes pasar horas pensando en ello.
Una opinión negativa parece contener información valiosa.
Una positiva parece exagerada.
Ese desequilibrio hace muy difícil construir una valoración realista de tus capacidades.
Infravalorarte puede afectar a tu carrera profesional
La percepción que tienes de ti mismo no se queda únicamente dentro de tu cabeza.
Puede terminar apareciendo en tus decisiones.
No solicitas un puesto porque crees que todavía no cumples todos los requisitos.
No propones una idea porque seguramente alguien sabrá más.
No negocias porque quizá pedir más sea excesivo.
No muestras tu trabajo porque todavía podría mejorarse.
Una decisión aislada puede parecer insignificante.
Repetida durante años, puede modificar por completo una trayectoria profesional.
Infravalorarte también puede afectar a lo que ganas
El dinero no depende únicamente de la autoestima o la autoconfianza. Influyen el mercado, la experiencia, el sector, la demanda, la negociación y muchas otras variables.
Pero la valoración que haces de tu trabajo puede influir en algunas decisiones económicas importantes.
Si eres autónomo, puedes establecer precios demasiado bajos porque dudas de que alguien esté dispuesto a pagar más.
Si trabajas por cuenta ajena, puedes evitar negociar mejores condiciones porque consideras que todavía tienes que demostrar más.
Si tienes un negocio, puedes seguir ofreciendo demasiado por miedo a que el cliente no perciba suficiente valor.
El problema no es únicamente cuánto vales.
También importa cuánto valor eres capaz de defender.
Infravalorarse y tener baja autoestima no son exactamente lo mismo
Una persona puede sentirse segura en muchos aspectos de su vida y, sin embargo, infravalorar profundamente sus capacidades profesionales.
Pero ambos fenómenos pueden relacionarse.
Cuando existe una autoestima baja, resulta más fácil interpretar los errores como evidencias sobre tu falta de capacidad y minimizar los resultados que podrían demostrar lo contrario.
La percepción termina sesgada.
Lo negativo confirma.
Lo positivo se justifica.
Y así puedes acumular años de experiencia sin sentir que realmente has avanzado.
Infravaloración y síndrome del impostor
También existe una relación evidente con el síndrome del impostor.
Puedes haber conseguido resultados objetivos y continuar pensando que los demás tienen una percepción exagerada de tus capacidades.
Entonces cada nueva responsabilidad se convierte en una posible exposición.
“Esta vez se van a dar cuenta.”
Como respuesta, trabajas todavía más, te preparas en exceso o evitas determinadas oportunidades.
El resultado es paradójico: cuanto más consigues, mayor puede ser la presión por demostrar que realmente mereces lo conseguido.
El perfeccionismo alimenta la infravaloración
Si tu criterio para considerarte competente es hacerlo todo perfectamente, nunca tendrás suficientes evidencias.
Siempre habrá un error.
Siempre habrá alguien mejor.
Siempre existirá algo que todavía no sabes.
La competencia real no consiste en no equivocarte.
Consiste también en saber identificar errores, corregirlos, aprender y responder ante situaciones que no controlas completamente.
Cómo dejar de infravalorarse
La solución no consiste en repetir que eres increíble hasta creértelo.
Si quieres dejar de infravalorarte, necesitas empezar a construir una valoración más precisa utilizando evidencias y modificando algunos comportamientos.
1. Haz inventario de tus evidencias
No preguntes únicamente cómo te sientes respecto a tus capacidades.
Pregúntate qué evidencias tienes.
¿Qué problemas sabes resolver?
¿Qué has aprendido durante los últimos años?
¿Qué resultados has conseguido?
¿En qué situaciones recurren otras personas a ti?
¿Qué haces ahora con facilidad que antes no sabías hacer?
La sensación es información, pero no tiene por qué ser toda la información.
2. Deja de utilizar excepciones para invalidar tus logros
Puede que tuvieras suerte en alguna ocasión.
Puede que alguien te ayudara.
Puede que las circunstancias fueran favorables.
Eso no significa que tu participación haya sido irrelevante.
Cuando un patrón de resultados se repite, merece ser incorporado a la percepción que tienes de tus capacidades.
3. Compara tu versión actual con tu versión anterior
Mirar a personas mejores puede ayudarte a detectar dónde crecer.
Pero si quieres evaluar tu evolución, existe otra comparación mucho más útil.
Tú hace uno, tres o cinco años.
¿Qué problemas puedes resolver ahora?
¿Qué decisiones tomas con mayor facilidad?
¿Qué conocimientos has adquirido?
¿Qué situaciones que antes te intimidaban ahora forman parte de tu rutina?
Eso también es progreso, aunque hayas dejado de verlo.
4. Aprende a recibir un cumplido sin discutirlo
La próxima vez que alguien reconozca tu trabajo, observa tu impulso inicial.
Quizá quieras explicar por qué tampoco fue para tanto.
Prueba algo diferente.
Da las gracias.
No necesitas demostrar inmediatamente que la otra persona está equivocada al valorarte.
5. Habla de tus resultados con datos
Si hablar de tus capacidades te resulta incómodo, reduce el espacio para la interpretación.
Utiliza hechos.
Proyectos realizados. Problemas solucionados. Años de experiencia. Responsabilidades asumidas. Resultados obtenidos.
No necesitas decir que eres extraordinario.
Puedes explicar simplemente qué has hecho.
La evidencia puede hablar por ti.
6. Deja de esperar a cumplir el cien por cien de los requisitos
En muchas oportunidades no necesitas dominar absolutamente todo antes de presentarte.
Necesitas tener una base suficiente y capacidad para aprender aquello que todavía desconoces.
Si esperas a eliminar cada carencia antes de avanzar, la meta seguirá desplazándose.
Cuando hayas aprendido una cosa, descubrirás otras tres que todavía no sabes.
7. Practica defender tu criterio
La autoconfianza también se construye tomando decisiones.
Expresa una opinión aunque otra persona pueda discrepar.
Propón una idea.
Defiende una recomendación profesional cuando tienes argumentos para hacerlo.
No necesitas tener razón siempre.
Necesitas comprobar que puedes utilizar tu criterio incluso cuando existe la posibilidad de equivocarte.
Dejar de infravalorarte no significa sobrevalorarte
Existe un punto importante.
No necesitas pasar de pensar que sabes poco a creer que sabes más que todo el mundo.
Eso tampoco sería una valoración realista.
El objetivo está en el equilibrio.
Reconocer aquello que haces bien.
Reconocer aquello que todavía necesitas aprender.
Y evitar utilizar lo segundo para borrar lo primero.
Tu valor profesional no depende de saberlo todo
Probablemente nunca llegará el momento en el que puedas decir que dominas absolutamente todos los aspectos de tu profesión.
Cuanto más aprendes, más consciente puedes ser de todo lo que desconoces.
Eso no necesariamente demuestra incompetencia.
Muchas veces demuestra precisamente experiencia.
El conocimiento también consiste en reconocer límites, saber cuándo investigar y cuándo necesitas ayuda.
Empieza a observar cómo te presentas ante los demás
La forma en la que hablas de ti puede revelar la forma en la que te valoras.
“Solo hice…”
“Tampoco sé demasiado…”
“No soy experto, pero…”
“Seguramente tú sabes más…”
A veces utilizamos estas expresiones para protegernos.
Si reduces las expectativas antes de empezar, una posible crítica parece menos peligrosa.
Pero también estás enseñando a los demás cómo deben interpretar aquello que aportas.
Tu trabajo no necesita hablar siempre por ti
Existe una idea especialmente extendida: si eres bueno, los demás terminarán dándose cuenta.
A veces ocurre.
Otras veces no.
Hacer un buen trabajo y saber comunicar su valor son habilidades diferentes.
Puedes desarrollar ambas.
Explicar qué sabes hacer, mostrar resultados o negociar no convierte tu trabajo en menos auténtico.
Simplemente permite que otras personas dispongan de información para valorarlo.
La autoconfianza se construye utilizándola
Es fácil pensar que primero necesitas sentirte completamente seguro y después empezarás a comportarte como alguien seguro.
En muchas situaciones ocurre al contrario.
Tomas una decisión aunque dudes.
Defiendes una idea.
Pides aquello que consideras razonable.
Aceptas una oportunidad aunque todavía tengas cosas que aprender.
Después observas que puedes manejar la situación.
Y esa experiencia se convierte en una nueva evidencia.
En Lidhera, Antonio Delgado trabaja precisamente sobre autoestima, actitud, autoconfianza y los patrones que pueden estar condicionando cómo te valoras y las decisiones que tomas.
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No necesitas trabajar más para demostrar que vales más
Quizá llevas años intentando solucionar la inseguridad mediante esfuerzo.
Más horas.
Más conocimientos.
Más responsabilidades.
Más resultados.
Todo ese trabajo puede haberte convertido en alguien mucho más competente.
Pero si cada nueva capacidad se convierte inmediatamente en “lo normal”, nunca será suficiente para modificar la percepción que tienes de ti.
En algún momento tienes que dejar de mirar únicamente lo que todavía te falta y empezar a reconocer también aquello que ya has construido.
Cómo dejar de infravalorarte empieza por valorar con precisión
No necesitas pensar que eres mejor de lo que eres.
Necesitas dejar de pensar sistemáticamente que eres menos.
Mira las evidencias.
Reconoce tus resultados sin eliminarlos con una explicación inmediata.
Acepta que puedes ser competente y continuar aprendiendo.
Y empieza a observar las decisiones que llevas años evitando porque creías que todavía no estabas preparado.
Quizá no necesitas otros cinco años de experiencia para empezar a confiar en aquello que sabes hacer.
Quizá necesitas aprender a reconocer los años que ya llevas acumulándola.
Empieza a construir una valoración diferente de ti
Si sabes que tienes capacidades pero te cuesta reconocerlas, defenderlas o actuar desde ellas, trabajar más no siempre es la única respuesta.
También merece la pena revisar desde qué criterio estás midiendo tu propio valor.
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